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domingo, 7 de octubre de 2012

Los Einsatzgruppen


De Laurent Binet en su HHhH

Los Einsatzgruppen, una vez metidos en faena, procedían siempre más o menos de la misma manera: hacían cavar una gigantesca zanja, llevaban allí a centenares e incluso a millares de judíos o de supuestos opositores recogidos de las ciudades o de los pueblos circundantes, los alineaban en el borde y los ametrallaban. En ocasiones, los ponían de rodillas para dispararles un tiro en la nuca. Pero la mayoría de las veces ni siquiera se molestaban en comprobar si todos estaban muertos, y unos cuantos llegaron a ser enterrados vivos. Algunos sobrevivieron, protegidos debajo de un cadáver, medio muertos ellos mismos, mientras esperaban que cayera la noche para subir a la superficie escarbando en la tierra bajo la que estaban sepultados (pero esos casos fueron verdaderamente milagrosos). Varios testigos han descrito el espectáculo de esos cuerpos amontonados los unos sobre los otros, cual masa hormigueante de la que se escapaban los gritos y los gemidos de los que agonizaban. Las zanjas eran cerradas de nuevo inmediatamente. En total, con este método primitivo, los Einsatzgruppen  liquidaron alrededor de un millón y medio de personas, judíos y otros, pero sobre todo judíos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Las frases de Munich. Septiembre de 1938


Archivo:Bundesarchiv Bild 146-1970-052-24, Münchener Abkommen, Mussolini, Hitler, Chamberlain.jpg

Las recoge y comenta Laurent Binet en su extraordinario HHhH: 

            28 de septiembre de 1938, tres días antes de los acuerdos. El mundo contiene el aliento. Hitler está más amenazante que nunca. Los checos saben que si abandonan a los alemanes la barrera natural que constituye para ellos la región de los Sudetes, se pueden dar por muertos. Chamberlain declara: «¿No es espantoso, fantástico, inaudito, que todos estemos cavando trincheras por culpa de una disputa surgida en un país lejano, entre gente de la que no sabemos nada?»

                                                           ****
            Saint-John Perse pertenece a esa familia de escritores-diplomáticos, como Claudel o Giraudoux, que me asquea como la sarna. acompaña a Daladier a Múnich en calidad de secretario general del Quai d’Orsay.
A las puertas de su hotel en Múnich, un periodista le interroga:
            —Pero, dígame, señor embajador, ese acuerdo es por lo menos un alivio, ¿no?
            Silencio. Luego el secretario del Quai d’Orsay suspira:
            —Por supuesto, un alivio, sí... ¡como cuando uno se lo hace encima de sus pantalones!
            Esta revelación tardía forrada de un eufemismo no basta para reparar su infame actitud. Saint-John Perse se ha portado como un gran mierda. Seguro que él habría dicho, con su preciosismo ridículo de diplomático envarado, «un excremento».

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En el Times, sobre Chamberlain: «Jamás ningún conquistador, después de una victoria obtenida en un campo de batalla, había vuelto tan adornado de los más nobles laureles.»

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            Chamberlain en el balcón, en Londres: «Mis queridos amigos —dice—, por segunda vez en nuestra historia hemos traído de nuevo la paz honorable desde Alemania a Downing Street. Creo que esta vez la paz durará toda la vida.»

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            Krofta, ministro de Asuntos Exteriores checo: «Se nos ha impuesto esta situación; ahora nos toca a nosotros; mañana será a otros.»

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            Daladier, al descender del avión, aclamado por la muchedumbre: «¡Ah, esos gilipollas! ¡Esos gilipollas ya están advertidos!...»
Algunos dudan de que haya pronunciado alguna vez esas palabras, de que tuviera esa lucidez y ese residuo de lustre. Parece que fue Sartre quien propagó la cita apócrifa, en su novela La prórroga.

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            En todos los casos, las frases de Churchill en la Cámara de los comunes son las que demuestran mayor clarividencia, y, como siempre, más grandeza:
            «Hemos sufrido una derrota total y absoluta.»
            (Churchill debe interrumpirse durante largos minutos hasta que cesan los silbidos y los gritos de protesta.)
            «Estamos en medio de una catástrofe de enormes proporciones. El camino de la desembocadura del Danubio, el camino del mar Negro, está abierto. Uno tras otro, todos los países de Europa central y de la cuenca del Danubio se verán arrastrados por el vasto sistema de la política nazi emanada desde Berlín. Y no vayáis a creer que ése será el final, no, ése no es más que el principio...»
            Poco tiempo después, Churchill hace una síntesis al pronunciar su quiasmo inmortal: «Teníais que escoger entre la guerra y el deshonor. Habéis escogido el deshonor. Tendréis la guerra.»

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            «Suena y suena la campana de la traición.
            ¿De quién son esas manos que la han tocado?
            De la dulce Francia, de la fiera Albión,
            y a las dos las hemos amado.»
            (František Halas)

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            En 1946, en Núremberg, el representante de Checoslovaquia preguntará a Keitel, jefe del Estado Mayor alemán: «Si las potencias occidentales hubieran apoyado a Praga, ¿el Reich habría atacado Checoslovaquia en 1938?» A lo que Keitel responderá: «Ciertamente que no. A nivel militar, no éramos tan fuertes.»

martes, 28 de abril de 2009

¿Hay que temer al virus de la gripe porcina?


A lo largo del siglo XX ha habido tres grandes epidemias de gripe.

Entre 1918-1920, la llamada gripe española. Es la primera ocasión que aparece una mutación del virus A (H1 N1). Infectó al 20% de la población mundial. Pudo haber matado a unos cincuenta millones de personas, entre 2,5 - 5% de la población de la Tierra. Probablemente se originó en China o Estados Unidos.

En 1957, la llamada gripe asiática. Originada por otro subtipo, el A (H2N2). Se originó en China. Causó alrededor de un millón de muertos, sobre todo por neumonías bacterianas secundarias. Afectó sobre todo a ancianos.

En 1968-1970, otra gripe originada en China, en Hong Kong. Fue provocada por un nuevo subtipo, el A (H3N2), probablemente una recombinación genética con otros virus de procedencia aviar.


La I Guerra Mundial acabó en 1918 con unos 10 millones de muertos. La gripe española de ese mismo año acabó con la vida de entre 40 y 50 millones de personas -entonces era difícil precisar, hay quien eleva la cifra hasta los 100 millones-. Fue la peor de las tres epidemias mundiales de gripe del siglo XX, y de hecho la peor pandemia de cualquier tipo registrada en la historia. El virus que la causó no venía de los cerdos, sino de las aves, pero era un H1N1, como el actual. El H1N1 era un virus aviar hasta 1918, y fue la gripe española quien lo convirtió en una cepa humana típica.

Como la prensa española no se vio sometida a las restricciones propias de la guerra e informó sobre la gripe, los países aliados comenzaron a llamar Gripe española a la pandemia. El primer caso se registró en Camp Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Sólo causaba una dolencia respiratoria leve, aunque muy contagiosa, como cualquier gripe. En abril ya se había propagado por toda Norteamérica y, ayudado por las tropas americanas, por toda Europa.

La segunda oleada mortal comenzó el 22 de agosto en Brest, Francia, puerto de entrada de los soldados norteamericanos. Era el mismo virus, pero en algún momento del verano, se transformó en mortal. Los afectados por la primera oleada estaban inmunizados. Causaba neumonía y la muerte dos días después de los primeros síntomas. La gripe pudo haber matado 25 millones de personas en las primeras 25 semanas; como comparación, el SIDA mató 25 millones en los primeros 25 años.

El virus de 1918 no tenía ningún gen de tipo humano: era un virus de la gripe aviar, pero con 25 mutaciones que lo distinguían de un virus de la gripe aviar común. El virus de la gripe española se multiplicaba 50 veces más que la gripe común tras un día de infección, y 39.000 veces más tras cuatro días. En pruebas de laboratorio mata a todos los ratones en menos de una semana.

La rápida difusión de la enfermedad pudo deberse a los movimientos masivos de tropas y a los modernos sistemas de transporte, así como al debilitamiento por la tensión del combate y los ataques químicos. Los remedios solían ser caseros. Por ejemplo en el pueblecito burgalés de Rabanera del Pinar, se trataba con las llamadas píldoras de la O, jarabe, medicinas caseras, flor de malva, manzanilla o té.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) insta a "prepararse para una pandemia". De producirse sería leve, pero advierte de que la llamada gripe española de 1918, que mató a millones de personas, también comenzó tímidamente.
"Creo que tenemos que ser conscientes y respetuosos con el hecho de que la gripe se mueve de formas que nosotros no podemos predecir".
Quizá, el problema mayor con el que ahora nos encontremos sea el de la exageración.

Esta cita de un médico que peleó con la gripe española en 1918 puede tranquilizarnos:
"Los hechos han demostrado que la mortalidad de esta enfermedad es principalmente una cuestión de asistencia médica y de medios económicos. En pueblos donde la epidemia hacía estragos... ha bastado la llegada de nuevos médicos... (y) algunos miles de pesetas... para que inmediatamente haya cambiado el aspecto de la enfermedad, haya renacido la confianza y disminuido el porcentaje de casos graves y mortales".
Ángel Sánchez de Val, La septicemia gripal (Cartagena, 1919).